Por esta película llegué a París...A París-Texas, un pequeño lugar en el infinito desierto texano...Inolvidable película ganadora del Cannes. Va mi impresión dejada allá en el lejano 1989.
Asiduo incognito de la vieja Filmoteca de Lima en 1989, hoy Museo de Arte de Lima (MALI), vi en aquellos años en el escaparate de la filmoteca un ciclo de cine de películas premiadas por el prestigioso Festival de Cannes, una incógnita en mi cabeza revoloteó frente a un título sugestivo – PARÍS-TEXAS – el sólo leer París, me sobrecogió el compromiso ineludible con la historia de que debería estar en el día y en la hora pactada para que en la penumbra de esa sala de la antigua Filmoteca inmiscuirme en esa obra maestra.
Y lo estuve, fiel perseguidor del sueño de la buhardilla de allá donde París era el lienzo que debíamos pintar todos los que dormimos un día y quisimos ser bohemios escritores bebedores de absenta de ese verde exquisito que durmió pintores de un expresionismo que aquietó sus demonios momentáneamente.
Ayer mientras ojeaba la programación de la televisión por cable nuevamente y desde el principio esta vez volví a ver PARÍS – TEXAS y de los retahilos de los fotogramas vistos hicieron añicos la nostalgia de la película vista en chiquillos años.
Ese lienzo de película se presentó como el desierto de Texas con su monumental paisaje, su icónica belleza fotográfica, con un Win Wender – su Director – pausado, muy pausado, cronometrando los 180 minutos que dura el film, una rasgada guitarra nostálgica y polvorienta, lacustre nos sumerge en mares incomprensibles de la psiquis humana.
Un hombre - Harry Dean Stanton emerge desde la profundidad de su depresión gracias al amor de un hermano quien crio a su sobrino abandonado, caminando hacía la lucidez, quien luego de lustrar sus recuerdos carga al hijo a una aventura púber de encontrar a la madre y con ello encontrarse a su propio yo.
Cuando Harry encuentra a la madre (Nastassja Kinski), una barrera de vidrio los separa, es como - Win Wender – su director nos declama que la barrera de la comunicación de los seres humanos tiene apenas unos milímetros de espesor, que quien se atreva a romperlo o traspasarlo conseguirá la redención.
Nota aparte es la nostalgia del padre al irse y dejar que madre e hijo abracen la relación simbiótica, imperecedera, umbilical del cordón que debe consolidar la aventura del niño hacia la adultez.
Nota aparecida en #RíoHablador la pasada semana.

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